Si hay una verdad incuestionable en el toreo hoy, ésa es que Roca Rey los tiene muy bien puestos. Permítanme. Es cierto que su concepto del toreo es, cuando menos, mejorable. Porque carece del don de la torería, de lo que llaman pellizco; abusa del toreo por alto, de ese con el que no se somete al toro; y ni su figura ni sus gestos suelen aunar la virtud de la naturalidad, tan preciada y necesaria entre los que se visten de luces. Pero Roca Rey es poseedor en exclusiva de la actitud. O, mejor dicho, la AC-TI-TUD.
Roca Rey entiende como nadie que muchas tardes no es suficiente estar por encima de sus toros. El torero peruano sabe que lo de estar digno o profesional solo sirve para cubrir un expediente cuya fecha de caducidad no dista nada de la vuelta de la esquina. Roca Rey ha sabido tirar de bragueta para decirle al mundo entero que quiere triunfar en esto de los toros. Aguantar parones, reponerse de volteretas, hacer que el toro pase por donde casi cabe, tirarse tras la espada solo con el alma, son formas de decir ‘quiero ser torero’. Porque el toreo es eso: ambición, arrojo, valor, imprevisibilidad, esfuerzo, dolor, sufrimiento y, por supuesto, gloria.
Los triunfos de Roca Rey sirven para creer en una fiesta (y en una vida) más justa. Porque, aunque no lo parezca, muchas veces la vida recompensa al que no se rinde. Al que se la juega. Al que intenta hacer lo que otros ni siquiera se atreven.
Insisto en que no soy partidario del concepto del toreo de Roca Rey y reconozco que las ansias de triunfo en un torero han de estar envueltas en ademanes de naturalidad y serenidad, pero bendita sea su llegada a la Fiesta. Porque con su hambre de triunfo ha sacado al aire las vergüenzas de quienes quieren eternizarse en el mando de la Fiesta desde una posición de total acomodo. Mandar en el toreo no es perpetuarse en los mismos carteles día tras día, ni tampoco pasar de puntillas o eximirse de responsabilidades cuando la tarde pinta en bastos. Cierto es que a Roca Rey aún le queda mucho por demostrar. Hasta el momento, nadie dice que sea mejor que Manzanares, Morante, Perera, Juli, Castella o Ponce, pero manifiesta hoy una actitud y una predisposición con el aficionado y con el triunfo que la Fiesta, hastiada de tanta previsibilidad, venía pidiendo a gritos.
La actitud de Roca Rey contrasta también con la de otros toreros jóvenes que, viendo cómo se escapa una oportunidad (con las pocas que ofrece el toreo en la actualidad), solo consiguen dibujar rostros circunspectos. Por todo ello, dos o tres Roca Rey serían muy bien recibidos.
Escribí estas líneas la víspera de que Roca Rey se enfrentara a toros de Adolfo Martín en Las Ventas. Confío en que no me haya dejado en mal lugar.