Es tiempo de carteles; electorales, sí, pero también taurinos, porque la temporada aún está en ciernes. Los lances sublimes, casi perfectos de la lidia, se han denominado carteles de toros, por aquello de llevar a un lienzo lo mágico, lo excelso. Pero ya casi que no. El cartel de este 2019 de Sevilla parece representar un atropellado pasaje de una capea cualquiera, pese a que intenta homenajear al gran ‘Chicuelo’ en el centenario de su alternativa. Y es que, de un tiempo a esta parte, las pinturas de los geniales Ruano Llopis, Reus, Escacena, Roberto Domingo o García Campos, entre otros, parecen haber pasado al olvido, dejando de servir para anunciar la celebración de festejos taurinos. La programación taurina actual es llevada a paredes en apariencia abandonadas y escaparates de tabernas y comercios mediante composiciones que pisan los terrenos del surrealismo, cuando no del impresionismo, creadas casi siempre a golpe de clic. Anuncian toros como sin quererlo y mucho temo que por ese maldito complejo que atenaza hoy todo lo relacionado con el toreo…
No es la única evolución experimentada en tiempos recientes por la cartelería taurina. Paradójicamente, el contenido, que no deja de ser lo más fundamental, parece que descarta impactar al aficionado, confeccionándose la inmensa mayoría de las ferias a imagen y semejanza unas de otras. Los mismos toreros frente a las mismas ganaderías copan, tarde tras tarde, unos carteles monótonos y predecibles hasta la saciedad, contrastando con las vivas, llamativas y vanguardistas policromías que sirven de marco.
Salirse de este guión rutinario, carente de cualquier atractivo y tan contraproducente para con el espectáculo, adquiere tintes épicos y se considera un gesto que ensalza el nivel de compromiso y responsabilidad del diestro con la profesión y el aficionado. Acabáramos. ¡Lo heroico hoy es olvidarse durante solo una tarde de las embestidas más dulces! También los hay innovadores, cada día más, aunando en un mismo cartel el arte del rejoneo con el del toreo a pie, para dar carpetazo a la competencia y rivalidad, tan necesarias como imprescindibles para el correcto desarrollo de la tauromaquia.
Como ocurriera con la cosecha, el cartel taurino de los ‘sanmateos’ de 1982 bien debiera permanecer en el recuerdo de la afición. Véase: ‘santacolomas’ de Joaquín Buendía, Felipe Bartolomé y Dionisio Rodríguez; una de Victorino, otra de ‘Palha’ y una última de Guardiola para todas las figuras del momento: dobletes de ‘Antoñete’, Esplá, Ruiz Miguel y Tomás Campuzano; ‘Espartaco’, Robles, ‘Soro’, ‘Capea’, Emilio Muñoz, ‘Yiyo’… Por aquel entonces, lo habitual era medirse a todos los encestes y abrir los carteles a un amplio abanico de toreros. En consecuencia, el tan manido ‘gesto’ de hoy no tenía cabida en la rica jerga taurina del momento. Desconozco el resultado artístico de aquella feria. Quizás fuese desastroso, pero el cartel tenía su atractivo por lo impredecible y comprometido, por lo sincero y diferente de cada tarde.
En aquel cartel del 82, Cros Estrems plasmaba a un jovencísimo Paco Camino en un obligado de pecho, Joao Moura prologaba la lidia de los 6 ‘palhas’ de a pie y sí, también había un sitio para el dulce; el anuncio de las pastillas de café con leche de la viuda de Solano.