La tauromaquia, como hecho cultural irrefutable que es, nunca se convirtió en una cuestión política. Hasta hoy. Porque es ahora cuando todo, absolutamente todo, adquiere connotaciones políticas. Para bien o para mal, hasta lo más insignificante es asimilado a una determinada ideología. Y claro, el toreo no podía permanecer al margen de este, tan erróneo y nefasto como en apariencia natural, proceso de politización generalizado.

El arte del toreo ha servido a lo largo de la historia para aunar ideologías opuestas, concentrar clases sociales antagónicas y únicamente dividir opiniones en cuanto al juego de los toros o la actuación de los toreros. Pero no. En pleno siglo XXI se lleva utilizar una fiesta originaria del XVIII como arma arrojadiza, mientras se les vuelve la cara a problemas más propios de aquella centuria que de este nuevo milenio. La tauromaquia dio cobijo a personas de toda clase y condición; de los más altos linajes y de la mayor bajeza social. A veces como sustento, las más como entretenimiento y otras, las menos, como muestra de un desarrollo artístico, cultural e intelectual llamado a perpetuarse para la eternidad. Liberales, progresistas, conservadores, comunistas, demócratas, republicanos, monárquicos… todos ellos encontraron su sitio cerca de quien trató dominar la fiereza de la bestia con templanza, mando, gusto y, en definitiva, torería.

La demencia histórica que atenaza a la sociedad actual hace que la fiesta de los toros sea percibida hoy como símbolo nacionalista, santo de mentalidades conservadoras y seña de posiciones acomodadas. De ahí que la tauromaquia esté más presente que nunca en las próximas elecciones generales.

No me gustan quienes reniegan de un espectáculo del que salieron no pocos votantes y defensores a ultranza de unos ideales que aún hoy tratan de alcanzar. Tampoco me entusiasma que antiguos matadores de toros se postulen como candidatos a unos comicios tan solo para proteger el toreo. No, nuestra Fiesta no necesita de toreros con ujier. La sola presencia de taurinos en la bancada del Congreso puede convertir a la tauromaquia en un blanco más apetecible aún para toda esa marabunta de taurófobos irreverentes con escaño.

Por eso no comparto el salto a la arena política dado por Miguel Abellán, Serafín Marín y Salvador Vega. Tampoco porque su cabida en unas listas electorales puede no pasar de un guiño partidista y preelectoral para con la tauromaquia. Tampoco porque esta terna dejó de decir algo en el toreo años ha y sus aspiraciones políticas pueden interpretarse como una decorosa salida profesional. Tampoco porque hay mejores espadas en el arte de la oratoria dentro del orbe taurino; me es inevitable no recordar la impagable defensa de la tauromaquia ejercida por Victorino en el Senado y Esplá en el ‘Parlament’. Pues eso. Pero, sobre todo, me aterra que el más mínimo e inevitable error de cualquiera de ellos, ahora que todo se filma y se graba, suponga una bofetada a la tauromaquia. Solo por ser toreros. Si ya son acusados de infinidad de barbaridades, imagínense si, además de torero, uno es ¡Diputado del Congreso!

Quienes pretendan defender la tauromaquia puertas adentro de la administración, tan solo tienen que contar, para de quien de ello dependa, con aficionados cabales, sensatos y discretos. Porque la torería también es eso y no entiende de concesiones a la galería. ¡Pero si la Fiesta tan solo clama dejar de ser vilipendiada y utilizada con fines partidistas…!