En la Feria del Toro de Pamplona se lidian los toros más ofensivos del campo bravo. Pero suele suceder que el toro más cornalón esconde tras su cabeza descomunal un cuerpo tremendamente destartalado. Algo así sucedió con el lote de Vegahermosa – Jandilla que le correspondió ayer a Urdiales en Pamplona; tan largos como altos y despegados del suelo, ‘Maquinador’ y ‘Cortijero’ lucieron hechuras más propias de bueyes que de toros de lidia criados para embestir y humillar. A pesar de ello, el que hizo primero encontró el mando, la determinación y el temple en Urdiales para terminar rompiendo ese fondo de casta que atesoraba para bien y terminar descolgando en la muleta del riojano. El trasteo, medido en el tiempo y exacto en las distancias, se compuso por dos tandas por ambos pitones, sacudidas por muletazos largos, templados, de genial trazo y cadencia. En el epílogo, la tauromaquia añeja de Urdiales recuperó trincherillas y pases del desprecio para cuadrar al alto toro y, por desgracia, pincharlo.
El que hizo cuarto tuvo un comportamiento acorde a su falta de armonía, que también pudo verse agravado por la mala lidia recibida en los dos primeros tercios. Desrrazado y sin emplearse en ningún momento, el de Jandilla se limitó a pasar simplemente en la muleta de Urdiales, que tampoco terminó por apostar por su enemigo. Faena de escaso contenido y menor trascendencia compartida con la merienda del tendido.
El toro mejor presentado y de mejor juego del encierro fue el tercero. Bajo y fino; con fijeza, recorrido y duración. También pronto y repetidor. Roca Rey decidió no picarlo para empezar su faena de rodillas y encandilar los bulliciosos tendidos pamplonicas para ponerlos de su parte. La faena alternó series de mano baja con otros pasajes en los que abusó de un toreo por alto que nunca pidió el enclasado toro de Jandilla. Falló a espadas para perder los trofeos y escuchar dos avisos tras marrar con el descabello, debido a una lesión en el hombro del peruano.
Aquejado de esta lesión, abrevió con el que cerraba plaza y Roca Rey, por primera vez en su carrera, no salió a hombros de Pamplona.
La agradecida afición pamplonica premió con un trofeo la faena de Castella a su segundo, empezada como en tantas ocasiones con pases cambiados por la espalda. El tesón y la constancia del francés fueron los argumentos, insuficientes en mi opinión, en los que se cimentó este triunfo. La mala lidia y los desarmes marcaron la faena del aquerenciado segundo, que terminó soltando la cara.