El toro de tercera es como Teruel; que parece que no, pero, en verdad, existe. Vivirá, eso sí, en los más recónditos e inhóspitos rincones de la dehesa, porque nunca aparece en los reportajes gráficos que del campo bravo se publican. A la luz de los objetivos, los cercados ganaderos parecen habitados solamente por toros hondos, finos, de lomo recto, cortos de manos, serios y rematados de manera que lo ofensivo y lo armónico dan la mano en una estampa tan bella como imponente; tan temible como serena y perfecta.
En diferente escala, la televisión da fe de la lidia de tal majestuosidad en Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona o Bilbao y uno piensa que el animal más feo, basto o chico nunca llega a cumplir los cuatro años que le dan identidad de toro. Pero la realidad es diferente. Allá donde la repercusión mediática del espectáculo es mínima, la guapura y el decoro del toro brilla por su ausencia y son los perfiles de aficionados en las redes sociales los que dan cuenta de la impronta indecente, por escasa y desdibujada, del toro que se lidia. La categoría administrativa de una plaza de toros nunca puede convertirse en el pasaporte que permita la lidia del toro chico, sin cuajo y sin presencia ni trapío alguno.
La lidia de estas reses impresentables coincide con la presencia de las figuras en los carteles y, por ende, con la mayor asistencia de público a la plaza, ofreciendo una imagen caricaturizada de un espectáculo que, con un toro sin presencia, carece de cualquier sentido e interés. Estos animales endebles y escuálidos pertenecen a las ganaderías más comerciales, por lo que han sido criados ad hoc para este tipo de festejos enmascarados tras un halo tramposo y fraudulento.
Las plazas de tercera tienen su toro. No tan cornalón ni astifino, cierto, pero tan íntegro como el de la cabecera de camada.