Plaza de toros de ‘La Ribera’, 4ª de abono. Más de tres cuartos de entrada. Toros de Victoriano del Río, desiguales de presentación, flojos y de poco juego en general. Algo mejores segundo, tercero y cuarto; quinto y sexto inválidos. Julián López ‘El Juli’, silencio y saludos; Diego Urdiales, dos orejas y silencio; Pablo Aguado, dos orejas y silencio. Saludó Iván García tras banderillear al sexto.

Y al cuarto día, Logroño sucumbió. Si mala y desastrosa fue la corrida de Cuvillo, ayer, a la de Victoriano del Río le salvó que alguno de sus toros se movió. Tampoco todos. Lo que sí hicieron todos fue perder las manos y tres, derrumbarse. Uno y otro día hubo la misma dosis de casta: ninguna. Y las mismas fuerzas: ningunas. Es lo que tiene tratar de conseguir el toro moderno, siempre tan al límite de unos mínimos de transmisión.

Las cuatro orejas cortadas ayer nunca pueden maquillar la realidad de un espectáculo que hace aguas por todos los costados, empezando por la ausencia del toro bravo y encastado y seguido por la carencia de cualquier criterio en un palco que cada tarde naufraga en un mar de decisiones erróneas y contrarias al buen desarrollo de espectáculo. Si lo del ganado hace ya que es una batalla perdida, lo de la autoridad empieza a ser más grave si cabe. El segundo trofeo es potestad del presidente y solo, en el caso de que la no concesión de este fuera a desembocar en un altercado público, se ha de sacar el segundo pañuelo. Pero nada, cuatro gritos y unas mulillas perezosas sirven para que la presidencia se convierta en una tómbola. Nunca he entrado a valorar la medida de los trofeos, pero este año clama al cielo el triunfalismo que se ha instalado en el palco logroñés. En plaza orejera, feria cicatera. Y no, no vengan con que es lo que quiere el público.

Diego Urdiales lanceó con temple, ritmo y jugando muy bien los brazos en el recibo por verónicas a su primero. El toro se movió de salida con cierta transmisión y el riojano aprovechó para lucir en un recibo generoso ganando terreno hasta los medios. De comportamiento ambiguo en el caballo, acudió a este con alegría para salir soltando una coz y emplearse en un segundo encuentro con el caballo que montaba Manuel Burgos. El de Victoriano del Río se desplazó bien en la brega de ‘El Víctor’ y llegó con cierto tranco a la muleta del riojano. Trasteo de más a menos, muy bien prologado por un toreo a dos manos que nos hizo viajar a tiempos pasados. La trincherilla, de sumo gusto. A partir de ahí, el toro protestó a final de cada muletazo queriendo quitarse las telas de la cara. Urdiales se vio obligado a no rematar el muletazo para evitar ese tropiezo de toro y franela, lo que imposibilitó la ligazón. Las distancias y la colocación, siempre precisas. Algo desprendida la estocada, ‘Espiguito’ protagonizó muerte de bravo. Dos orejas excesivas por falta de rotundidad frente a ese toro mediocre.

El infortunio que ha perseguido a Urdiales este año a la hora del sorteo hizo que cerrara su temporada de luces con un toro que llegó al último tercio con menos correa que los de Guisando. Lo mismo le ocurrió a Aguado en el sexto.

A Dios gracias, al tercero, abanto de salida y casi sin cuello, le dio por moverse en banderillas. Al buen y nada habitual concepto de Pablo Aguado le hace falta poco para lucir. Su naturalidad y su verticalidad revestida con ese empaque que solo acompaña al torero artista es suficiente para arrancar un rotundo olé con un derechazo. Cuando eso consiguió, la plaza se metió en una faena medida y cadenciosa. Toreó al natural con los vuelos en una serie final cortita, pero de sumo gusto. ‘Con mi toreo busco la sencillez’ y lo consigues, Pablo. El último natural ayudándose con el estoque fue de un temple brutal. En estos tiempos de vulgaridad, este toreo dice mucho. Estocada de efecto rápido y dos orejas excesivas. No tuvo enemigo enfrente.

‘El Juli’ pinchó al cuarto otras dos orejas, seguro. Alto y hondo, el de Victoriano echó la cara arriba en el caballo y llegó pegajoso al capote de Álvaro Montes en tareas de brega. Como sus hermanos, protestaba en los finales, pero el poder de la muleta de Julián consiguió que ‘Jungla’ terminara llegando largo. Hasta circular invertido hubo. Recorrió mucha plaza el torero para terminar su obra poderosa cerca de chiqueros con el toro ya pidiendo la muerte. Mató mal. Su primero, que también marcó querencia hacia chiqueros, terminó parándose pronto.

De seis, tres no sirvieron y los otros tres, de aquella manera. La solución de esta feria de San Mateo pasa por que salga el toro y regrese algo de criterio al palco. De lo contrario, mal vamos. Muy mal.