Alcanzar aquello en cuya definición caben palabras totalmente antagónicas se presenta poco menos que imposible. Algo así sucede con el toreo. Para mí, el arte de torear consiste en dominar y someter la brusquedad de la irracionalidad de un animal fiero a base de suavidad y delicadeza, dotándolo de naturalidad. Por ello, cuando se consigue hacer el toreo se obra un milagro.

Los nuevos tiempos han traído toreros que conjugan una figura retorcida, forzada y tensionada con bastos toques de muleta para provocar la embestida del toro. Eso, en el mejor de los casos, porque en el peor, la figura se yergue para, con la misma tosquedad, ‘destorear’ por alto.

El toreo de siempre, tan fundamental como clásico para no pasar nunca de moda, ha de ser de mano baja y curvilíneo. Decía el gran Joaquín Vidal que, al embestir en la muleta, la trayectoria del toro ha de ser similar a la de un signo de interrogación: recto hasta el encuentro con el engaño para, a partir de ahí y gracias al mando del torero, dibujar una curva que le permita sortear a este. Es entonces cuando, si además se arrastran los vuelos de la muleta para humillar y someter la embestida del toro y aparece el don del temple, evitando los desconcertantes enganchones, el toreo se transforma en algo prodigioso.

Pero el toreo actual, rebosante de manoletinas, bernardinas, estatuarios y pases cambiados, lleva al traste este muy breve pero conciso tratado de tauromaquia. Porque estos lances, tan llamativos en sus formas como carentes de contenido y poder en su fondo, ni someten ni dominan unas embestidas tan tropezadas como descompuestas; tan rectas en su trayectoria como desairadas y desangeladas.

Tristemente, las tauromaquias de cada vez más toreros se sustentan en este ‘destoreo’. Y no, no pretendo terminar con este tipo de lances que también tienen su momento durante la lidia. Lamento, eso sí, que haya quienes cimenten en el toreo por alto sus faenas o, peor aún, alternen en la misma serie intentos por hacer el toreo con pasajes de este ‘destoreo’.

El toreo de verdad, el que se hace siempre por abajo y despacito, con suavidad y naturalidad, reúne en sí mismo toda la grandeza de la fiesta de los toros. Recurrir a cualquier otra cosa es el ‘destoreo’.