A lo largo de la semana pasada, me era inevitable recordar lo complicado que era conseguir entradas para asistir a las Corridas Generales de Bilbao. Los días de expectación, que eran muchos, solo un buen contacto o recurrir a la ya extinta reventa era la única llave que te abría las puertas de Vistalegre. Hoy el azulón de los asientos es más llamativo que la cenicienta arena del coso vasco. Y no sé por qué. Porque Bilbao es, sin lugar a duda, la feria más equilibrada del calendario. Sale el toro ofensivo, pero sin ser sacado de tipo y se anuncian, salvo escasas excepciones, los principales espadas del escalafón. Bilbao sigue contando y un triunfo allí vale como en Madrid, porque de lo de mayo casi que nos acordamos a estas alturas de temporada.
Igual que yo echo de menos aquel ambiente de Bilbao, hay aficionados que sienten nostalgia por Fortes y Talavante. Faltan. Pero las últimas temporadas han alumbrado un ramillete de toreros que los suplen a la perfección. Me refiero a los Ureña, De Justo, Urdiales, Aguado, Juan Ortega, Curro Díaz o Román. Otra cosa es que no los anuncien juntos o ni siquiera los anuncien. Porque estos toreros quieren competir entre ellos y ante cualquier toro. Porque tienen hambre de contratos, de triunfos y de torear. Seguir recordando hoy a aquellos es una falta de respeto con estos otros. Más con Talavante, porque no está por decisión propia, a sabiendas de que hoy en día tiene cualidades para ser el mejor entre sus compañeros.
Y termino con una reflexión: el cambio generacional del escalafón no se debe a méritos de los emergentes ni a deméritos de los pretéritos. En caso de que se produzca, es porque el veterano ha dejado de ser rentable para la empresa por lo muy visto que está. Y es verdad. Falta por saber en qué momento ese punto de inflexión. No sé si llegaremos a ver en Logroño a un Ventura aún en apogeo.