El que hizo tercero, alto y basto, se dio un tremendo topetazo contra las tablas nada más hacer acto de presencia en el ruedo madrileño. Como reparado de l avista, fue ‘El Víctor’ el encargado de parar al de Cuvillo, que luego recibiría un castigo excesivamente trasero en el caballo. Con la embestida descompuesta, volvió a arrear en el segundo tercio y Víctor Hugo pagó con sangre cierto exceso de confianza a la salida de un par de banderillas.
Las cosas así, el brindis de Urdiales a Felipe VI parecía más protocolario que sensato. Pero Urdiales se puso en el sitio, tragó quina y, a base de temple, mando, colocación y firmeza, empezó a conducir la bruscas embestidas del ‘cuvillo’ por el pitón derecho para transformarlas en pasajes toreros de gran suavidad, ritmo y cadencia. El toro, un tanto rebrincado, transmitía y repetía. También exigía mucho, pero tal fue el dominio y el poder que alcanzó el de Arnedo que, cuando nadie pensaba que por el pitón izquierdo el toro fuera a regalar embestida alguna, los mejores pasajes llegaron por ahí. Tanto, que cuando volvió de cambiar el estoque simulado por el de verdad, intentó el toreo por ese pitón a pies juntos para rematar una obra rebosante de mando y poder. Hubo trincherillas y un pase rodilla en tierra para rubricar un trasteo tan inventado como veraz y rotundo. Se tiró arriba pero, maldición, la espada hizo guardia.
Un sobrero de ‘Joselito’, tan bonito de hechuras como falto de cuello, enmendó el desigual encierro de Cuvillo. Carente de cualquier atisbo de humillación, embistió unas veces al paso y otras por arreones, casi siempre rebrincado y saliendo con la cara por encima de la muleta de Urdiales. Con lío en los tendidos, Urdiales volvía a intentar su toreo honesto y sensato, siempre bien colocado y ofreciendo al toro mucho más de lo que este merecía. Ahora sí Urdiales cobró una gran estocada. Cerraba así Diego un paso por Madrid ayuno de triunfo pero rebosante de disposición, torería y responsabilidad.
‘El Juli’ se enfrentó a un primer toro que se lesionó bajo el peto del caballo, lo que condicionó el resto de la lidia del enclasado, noble y obediente astado de Cuvillo en el último tercio.
El cuarto, un ensabanado tan basto como bajo, encontró en la muleta del madrileño el mando y el poder, la suavidad y la confianza que requería para hacer que se viniera arriba, superar cierta falta de fuerzas y terminar embistiendo con ritmo y repetición en los vuelos de la muleta de Julián. Trasteo magistral pero a menos de un Juli que ya antes había bordado el toreo con el capote. Falló a espadas.
Completaba el cartel Diego Ventura, máximo exponente del arte del rejoneo en la actualidad. A su primero de ‘Los Espartales’ le faltó celo y codicia. Ante el cuarto, correoso y perseguidor, ejecutó un toreo grandioso, clavando banderillas en lo alto, a dos manos, sin el bocado y matando con un certero rejonazo. Cortó la oreja de este.