Como relegado al ostracismo en el que habitan los malos de las películas una vez delatados, el caballo de picar goza de una más que evidente animadversión entre las gentes de esto del toro. Desde el mismo paseíllo, pues su cansino y torpe andar, junto con su basta y pesada estampa, choca con la guapura, ligereza y esbeltez de los corceles que montan los alguacilillos. El caballo de picar sale aún peor parado en los cada vez más de moda festejos mixtos, cuando los mugrientos paños que tapan sus ojos o los ajados petos que les mantienen en este mundo riñen con los pulcros ornamentos que resaltan las cuidadas crines de las monturas de los rejoneadores.
A lo que vamos. El caballo de picar es imprescindible para el correcto desarrollo de la lidia y pieza elemental para determinar la verdadera y trascendente condición del toro. El resultado de la pelea que ofrezca el toro bajo el peto concluirá en un único veredicto: bravo o no. Porque luego, el toro podrá tener un sinfín de virtudes: prontitud, fijeza, codicia, nobleza, recorrido, transmisión. Pero… ¡ay! la bravura.
Porque ahora, cuando el toreo por alto, aliviando la embestida de los animales, ha desplazado casi por completo a lo que siempre se ha tenido por toreo fundamental, sometido y humillado, la bravura pierde su sentido en favor de la durabilidad.
Si por bravura entendemos la capacidad de crecerse ante el castigo, un toro, para poder ser calificado de bravo, habrá de emplearse en el caballo de picar, allá donde realmente recibe tela. Pero, ahora bien, solo es posible crecerse ante algo si ya se ha pasado por, al menos, un primer trance. De ahí, la importancia de que en Logroño se mantenga esa bendita tradición de colocar dos veces al toro en el caballo de picar. Acudir alegre a un primer encuentro puede responder a un arrojo u osadía fruto de enfrentarse a lo desconocido. La bravura solo se manifestará en un segundo encuentro, cuando el animal sea consciente del daño que recibió con anterioridad. Conocer si lo que llega del campo a ‘La Ribera’ es bravo o no honra a la afición logroñesa y a su feria.
Es cierto que varios encuentros con el caballo de picar, aplicándose un castigo moderado, puede restar durabilidad del toro en el último tercio, pero sabremos si el torero se está enfrentando a un toro bravo o no. La calidad ha de primar frente a la cantidad. Faenas de más 30 muletazos se convierten en diálogos baldíos entre toro y torero. Ser sabedores de la bravura del toro aumenta el mérito del torero; de no ser bravo, el trasteo puede ser igualmente bello. Al gran ‘Horroroso’ de Jandilla, lidiado el pasado domingo en Valencia, le faltó eso; ser medido en el caballo. Hizo muchas cosas de bravo, pero no pudimos ver cómo se crecía ante el castigo. Por eso entiendo que no fue merecedor del indulto. Y es que el caballo de picar, feo y relegado, tiene hasta la potestad del perdón.