Bilbao. 25 de agosto de 2007. Semana Grande. Un torero solloza al cobijo de las tablas, sentado en el estribo, junto al burladero de capotes. Físicamente, se siente vacío pero su sentido de la responsabilidad continúa rebosante. Son cerca de las 8 de la tarde y para entonces, el hombre abatido ha dado lidia y muerte a cuatro toros de Victorino Martín. Quedan dos más. ‘El Cid’, de purísima y oro, es capaz de reponerse, sacar fuerzas de donde casi ya no había y abandonar el coso bilbaíno en volandas. A esas alturas de la tarde, la salida triunfal era lo de menos. El triunfo residía en la dimensión torera que había ofrecido esa plomiza tarde de agosto y en todas las anteriores que le habían catapultado a anunciarse en solitario con los seis ‘victorinos’ de Bilbao. De Bilbao.

Porque Manuel Jesús ‘El Cid’ y su mano izquierda irrumpieron en la fiesta para virar el rumbo de la misma. Sentido de las distancias, temple, profundidad, mando, poder y ligazón fueron las cartas de este torero de Salteras para, en collera muchas tardes con Victorino Martín, poner el mundo patas arriba. Series de hasta cinco y seis naturales rematados con los obligados de pecho. Monumentales estos, de pitón a rabo y hasta la hombrera contraria. Y, enfrente, casta, bravura, codicia y repetición. De los que o se está bien o te vas para casa. ‘El Cid’ decidió lo primero para triunfar en Madrid, Sevilla, Bilbao, Logroño, Santander, Francia… antes de, efectivamente, este próximo septiembre quitarse del toreo.

Se va un torero. Se retira ‘El Cid’. Honores y respetos de la afición con este torero. O para eso debiera servir esta temporada de 2019. Hay quienes ya solo ven en él un torero venido a menos. Claro. Por eso se va. Pero porque llegó a ser y a todos nos cautivó se merece una última temporada. Y nada de complacencias. La honradez ha sido y sigue siendo su sello. De hecho, comenzó su última temporada a las puertas de Madrid, con ganaderías en un gran momento y ante uno de los toreros del presente, Emilio de Justo. Declaración de intenciones. Gesto de integridad torera.

Reducir la trayectoria de ‘El Cid’ a un sumatorio de triunfos grandes y rotundos echados por tierra con los imperdonables fallos a espadas es de mezquinos y necios. No faltan los que resumen así, en erróneos epitafios, la obra de un hombre que elevó el toreo al natural a la máxima expresión en tiempos de zozobra y vulgaridad. Las puertas grandes que su espada le cerró ya son lo de menos. Como aquella salida en hombros de Bilbao en 2007. De ‘El Cid’ nos tiene quedar su obra. Excelsa y magna. Poderosa. Hasta siempre, torero.