Por aficionado práctico, en este mundo de los toros, se entiende del que, provisto de una más que significativa dosis de valor y arrojo, trata de plasmar en placitas de tientas el concepto del toreo que atesora dentro de sí. Revolcones de mayor o menor entidad, como nota predominante, suelen alternarse con algún pasaje aseado y cierta gracia en el mejor de los casos. De cualquier forma, vaya para ellos mi reconocimiento más sincero.

Pero los hay que, sin calzarse unos botos, ajustarse unos zahones o, simplemente, montar una muleta en su estaquillador, contribuyen enormemente al desarrollo y difusión de la tauromaquia. Me refiero a aquellos aficionados que, bordeando la línea del anonimato, dedican buena parte de su tiempo a fomentar y divulgar la fiesta de los toros.

Sin que su salón esté ornado por fotografías con becerras ávidas de embestidas enroscadas a su figura, los trastos que alberga su esportón son el tiempo, más tiempo, dinero en ocasiones, viajes, desvelos, llamadas de teléfono, unos cuantos desencantos, más tiempo y alguna, aunque escasa, satisfacción. Es ahora, con la temporada sin terminar de desperezarse, cuando la labor de estas gentes se torna en necesaria para el desarrollo y el mantenimiento de la llama de la ilusión de los que se sienten atraídos por la riqueza de esta cada vez más maltratada tauromaquia nuestra.

Con escasos recursos materiales y personales, las hojas de ruta que siguen estos aficionados tan prácticos para la fiesta, marcadas por la organización de conferencias, certámenes de pintura, conciertos musicales, sencillas galas, actos de hermanamiento, exposiciones varias, entregas de trofeos, presentaciones de libros, viajes para presenciar festejos y visitas al campo bravo, no siempre son suficientes para conseguir el contento de las cada vez más reducidas masas sociales que representan. El más pequeño de los fallos puede desencadenar en la desaprobación de una gestión ejemplar.

Por si fuera poco, sufren la incomprensión y el desprecio de ese público que se acerca ocasionalmente a una plaza de toros cuando demandan un espectáculo más íntegro, más digno y, en consecuencia, mejor para todos. Milagrosamente, su ilusión y entusiasmo es capaz hasta de vencer la desfachatez del torero que manda a un tercero a recoger un trofeo concedido desde la más profunda admiración y cariño.

Por su gran utilidad para el sustento de la tauromaquia, estos presidentes, directivos, secretarios y tesoreros de federaciones, clubes, peñas, círculos, uniones, juventudes, rincones y foros me parecen unos aficionados muy, muy prácticos. Y sus sufridoras y desatendidas familias… ¡para qué contarles! Por su impagable servicio con el toreo y con nosotros, ¡Que Dios les bendiga a todos ellos!